No se trata de una tierra devastada. Ni siquiera es un terreno yermo y pedregoso. Es algo más ridículo: Un solar. Mi solar. Tiene malas yerbas que crecen a pesar del sol cenital castigador. En la esquina del fondo se pudre el óxido de una vieja silla de playa de estampado ya incoloro. No sé muy bien qué hacer con todo esto. Ando arriba y abajo, sin saber con qué ni por dónde empezar. Doy patadas a las piedras y levanto el albero. ¿Sabes qué pasa? Que hay gente que no tienen ni un triste solar. Eso, la sucia comparación, hace importante al mío. Tengo algo por donde empezar. Pero... qué coñazo ¿no? Un solar...
No puedo obviar que tengo un gato a mi lado con nombre de rey valiente dispuesto a luchar por las más nobles causas. Lo chungo es que se tira pedos y la lengua es más larga que el hocico, se sale un poco por fuera. No tiene mucha importancia, pero así no hay quien le llame Rey Arturo. Y menos en un solar raído y hostil, fértil para hierbas que no valen un pijo.
Hace ya más de mil mantuve conversaciones que pusieron al descubierto las habitaciones más oscuras de mi casa. Canté bajito, me hice un lío tratando de explicarme y comencé a enjuagarme con Listerine después de cepillarme los dientes. Fui amontonando en una habitación pequeñas cajitas y bolsitas con cosas dentro que siguen esperando algo inútilmente. Compré un lavavajillas, platos azules, tazas... ah, sí: he aprendido a decir no, a sacudirme. He seleccionado qué parte del mundo quiero para mí, me he quitado lastre y me he convertido en la mejor de las versiones de Paco. Y ahora resulta que... un solar. Un puto solar.
- ¿El qué?
- Un puto solar.
- ¿Me repite?
- Sí, claro. Cómo no (jejejé, jejejé): Un puto solar.
Recordatorio: Tengo que hablar de los lloricas.